SALA 3
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Aquí tienes un panel sobre las virtudes de las aguas de Lanjarón, una maqueta en relieve —interactiva— del sistema montañoso, y una pantalla con un vídeo corto. La maqueta permite seguir, de un vistazo, el viaje del agua.
Lanjarón no se entiende solo mirando el pueblo. Hay que mirar hacia arriba. Muy arriba. Porque el agua que aparece en fuentes y manantiales nace, primero, en la montaña. El sistema montañoso que rodea Lanjarón forma parte de Sierra Nevada, el gran macizo que domina este paisaje.
Sierra Nevada se extiende de este a oeste y, en su parte más alta, alcanza los 3.479 metros en el Mulhacén, el pico más alto de la península ibérica. Es fácil decirlo en números, pero lo que significa es claro: altura, frío, nieve durante parte del año y, sobre todo, una enorme reserva natural de agua. Una reserva que no se guarda en depósitos, sino en la propia tierra, en las rocas, en las capas del suelo.
En la maqueta se distinguen grandes picos, valles profundos y laderas marcadas. En la sierra existen formas esculpidas por el hielo de otros tiempos, como valles con forma de herradura —los llamados circos glaciares— y pendientes escarpadas. No hace falta memorizar términos: basta con la idea de que la montaña guarda cicatrices antiguas, y que esas formas guían el camino del agua.
Desde las zonas más altas hacia las partes bajas, el agua inicia un recorrido paciente. La nieve acumulada en invierno, con la subida de temperaturas, alimenta pequeños cursos de agua. Ese agua baja por barrancos, se esconde a veces bajo la tierra, se filtra lentamente… y vuelve a aparecer donde menos se espera.
En el área cercana a Lanjarón, el relieve es más moderado que en el corazón de la sierra, pero todavía conserva montañas altas y barrancos profundos. Y ahí ocurre lo esencial: cuando llueve o cuando la nieve se derrite, el agua se reparte, se filtra y reaparece. A veces en un arroyo; otras en una acequia; otras en una fuente o un manantial.
Es casi un milagro cotidiano. La montaña recoge, la tierra filtra, el pueblo aprovecha. Y lo visto en las otras salas —la Capuchina, el balneario, la envasadora, las acequias— no son historias sueltas: son distintos capítulos del mismo recorrido. El agua que alguien bebe en una fuente ha pasado antes por un paisaje entero. Ha cruzado altura, roca y tiempo.
Por eso esta sala funciona como un cierre: recuerda el origen. A veces se habla del agua como si “apareciera” en una fuente o saliera de una tubería, pero el museo invita a mirar más lejos: a entender que el agua tiene un hogar, y que ese hogar es la montaña.
Esta sala también habla de lo que ocurre fuera: del frío en las cumbres, del deshielo, de la lluvia que empapa la tierra. Y de cómo, poco a poco, esa agua termina llegando a una fuente del pueblo, o a una acequia que riega un huerto. Pensarlo así cambia la mirada: cada gota tiene un camino.
En la pantalla se proyecta un vídeo que ayuda a poner imágenes a todo esto: el agua en altura, el agua corriendo, el agua entrando en el día a día. Es una buena forma de terminar con una idea sencilla: aquí el agua no solo se bebe; también se escucha, se cuida y se comparte.
Con esta sala termina el recorrido del Museo del Agua. Para ampliar información, se pueden revisar los paneles y los recursos asociados a los códigos QR. Y al salir, una última mirada al paisaje ayuda a entender por qué, en Lanjarón, el agua es mucho más que agua.
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