SALA 2
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Aquí encontrarás paneles informativos, varias vitrinas y carteles de fiestas. Después de la explicación general, las vitrinas permiten acercarse a objetos pequeños que cuentan historias grandes.
Esta sala une tres hilos que, en Lanjarón, siempre van trenzados: el agua que riega, el agua que se bebe —y se envasa—, y las manos que trabajan materiales como la mimbre. Aquí el agua no es un fondo: es un motor.
Las acequias son el primer ejemplo. Son canales tradicionales que llevan el agua hasta los huertos. Lo especial es cómo están hechas: no van “selladas” con cemento, y eso permite que el agua se filtre poco a poco en la tierra. Esa filtración mantiene el equilibrio natural, alimenta fuentes y manantiales, y sostiene la agricultura. Es como si el agua, además de moverse, sembrara vida en su camino.
En Lanjarón se conservan doce acequias principales, como la Acequia del Aceituno y la Acequia Mezquerina, que aún se utilizan hoy. Y detrás de cada una hay algo muy humano: organización, acuerdos, turnos y mantenimiento. Una manera de cuidarse entre vecinos para que el agua llegue a tiempo.
En las vitrinas se reúnen objetos vinculados a la antigua envasadora y a la vida alrededor del agua. Porque, además del balneario, Lanjarón creció gracias a la fábrica envasadora. Al principio, balneario y fábrica estaban muy cerca, al comienzo del pueblo, y fueron clave para su economía. La fábrica empezó a envasar agua en 1830, para que los “agüistas” pudieran seguir disfrutando de sus beneficios fuera de la temporada de balneario. La idea era sencilla: llevarse Lanjarón en una botella.
Con el tiempo, el agua de Lanjarón ganó prestigio fuera de aquí. En 1878 obtuvo una medalla de plata en la Exposición Universal de París. Y en 1982 la marca fue la primera en España en utilizar botellas de PET en lugar de PVC. Ocupa 31.000 metros cuadrados y más del 90% de sus empleados son locales. Y, todavía hoy, el agua sostiene trabajo y vida.
El balneario también fue cambiando con los años. En 1818 se declaró que el agua de Lanjarón era mineromedicinal, y eso consolidó su fama. Desde mediados del siglo XIX el pueblo se abrió camino al turismo y a la hostelería. En los años veinte se construyeron nuevos hoteles y, para 1935, ya había nueve: Lanjarón llegó a ser el principal destino de verano en Granada en aquella etapa.
Después llegaron la Guerra Civil y la posguerra, y el impulso se frenó. En 1947, con la compra del balneario por Manuel Gallardo Torrens, comenzó una nueva etapa marcada por el embotellado de agua mineral, que fue desplazando parte del uso terapéutico. En los años cincuenta y sesenta el turismo creció de nuevo, pero a partir de 1965 empezó a decaer por la competencia del litoral. Y en 1990 se habla de una recuperación más suave, centrada en modernizar servicios y en revalorizar su identidad como estación termal, poniendo el acento en el equilibrio entre agua y paisaje como su mayor atractivo.
El tercer hilo es la mimbre. La cestería es una de las artes más antiguas y, aun hoy, sigue siendo un oficio hecho a mano. No hay atajos: requiere paciencia, fuerza y un toque único. El proceso es largo: cortar en invierno, cocer para ablandar, pelar, secar… y humedecer de nuevo antes de tejer. Transformar una vara rígida en algo útil, bello y duradero.
En Lanjarón, la vasera fue una pieza clave para transportar el agua y beber en los manantiales. Y tal fue la demanda que, en las décadas de los sesenta y setenta, se vivió una “época dorada” con unas treinta familias dedicadas a fabricar no solo vaseras, sino también sillones, lámparas y baúles de mimbre. Aunque hoy quedan pocos artesanos, la esencia del oficio sigue viva.
Los artesanos no solo usaban mimbre. En la sierra aprendieron a aprovechar plantas locales como la rascaviejas, la retama blanca —o palain— y la retama de olor, apreciada no solo por su fibra, sino también por su aroma, que atrae a las abejas y ayuda a producir la miel de retama. El paisaje era también un taller abierto.
Y para terminar, una pincelada de tradición: Lanjarón formó parte de la Ruta de la Brujería, y se dice que en lugares como el Tajo de la Cruz se reunían hechiceras alrededor del fuego. En la noche de San Juan, la mimbre tenía un papel sagrado: existía un ritual para sanar a niños con hernias umbilicales, pasando al niño por una rama abierta y atándola después; si el árbol sanaba y crecía, el niño también lo hacía. Son relatos que recuerdan que, aquí, la naturaleza y las creencias formaban parte de la vida cotidiana.
La visita continúa en la Sala 3, con la maqueta del sistema montañoso: el origen del agua naciendo en la altura y bajando hasta el pueblo.
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