SALA 1
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Dedicada al Manantial de la Capuchina y a los orígenes del balneario. En esta sala se muestran fotografías antiguas y un panel explicativo que ayudan a situar el paisaje y la vida del pueblo entre los siglos XIX y XX.
El museo está ubicado junto al río Lanjarón y junto a una acequia que bordea el edificio. El propio edificio conserva memoria de otros usos: primero fue una fábrica y, más tarde, el matadero municipal. Un lugar de trabajo y de vida diaria que hoy guarda otra historia: la de un pueblo que aprendió a vivir alrededor del agua.
Lanjarón y el agua van de la mano desde hace siglos, pero aquí el protagonista es un manantial con nombre propio: La Capuchina. Según la tradición, se descubrió en 1774. Y en 1792 ocurrió algo que lo cambió todo: un monje capuchino bebió de esta agua… y, cuentan, se curó por completo de las dolencias que padecía. Desde entonces, el manantial quedó unido a aquella historia y empezó a conocerse como la Capuchina. A partir de ahí, el rumor se hizo visita, y la visita se hizo costumbre. A veces, una historia sencilla —alguien bebe el agua y se cura— basta para llenar un lugar de esperanza.
Hace doscientos años, venir hasta aquí no era “pasarse un momento”: era un viaje. Y al llegar, el visitante encontraba un paisaje distinto, un aire más fresco, y la sensación de que el agua tenía algo especial. Esa mezcla de naturaleza y esperanza forma parte del encanto del balneario, incluso antes de que existieran las comodidades de hoy.
Encontrar la fuente tampoco era tan fácil como parece ahora. El acceso original estaba dentro de una pequeña mina abovedada, de unos dos metros de profundidad y alrededor de metro y medio de altura, hecha con piedra de travertino. Era casi una habitación escondida, un refugio donde el agua aparecía. Y quizá por eso impresionaba: porque había que buscarla, porque estaba “guardada”.
Actualmente, ese interior se mantiene cerrado con una cancela de hierro. El agua rezuma dentro y se conduce bajo tierra hasta una caseta construida algo más abajo, que es donde realmente se dispensa. Aunque la fuente cambie de forma, el agua sigue su camino, discreta, constante.
La Capuchina es famosa por sus propiedades y hoy se sigue utilizando en el Balneario de Lanjarón, aunque solo bajo prescripción médica. Tradicionalmente se ha asociado a beneficios para el aparato digestivo. Pero aquí, en el museo, la pregunta no es solo “qué hace el agua”, sino “qué hizo el agua en Lanjarón”. Porque un manantial puede ser salud… y también puede ser identidad.
Durante el siglo XIX, el balneario vivió su gran impulso cuando la Duquesa de Santoña lo adquirió y lo situó entre los mejores de Europa, atrayendo visitantes de todo el continente. En esa etapa se cuentan veranos y estancias de personajes conocidos: Eugenia de Montijo antes de convertirse en emperatriz de Francia; los duques de Montpensier; la familia real de Marruecos; y otras figuras como Federico García Lorca. Nombres distintos, una misma razón: venir a “tomar las aguas”, descansar y respirar este lugar.
Las imágenes y testimonios de la época recuerdan que no se habla solo de un edificio, sino de un ambiente: el balneario, los paseos, la gente que llega y se queda unos días, la idea de que aquí el tiempo se mueve un poco más lento. Y esa calma también es patrimonio: no se guarda en una vitrina, pero se siente.
Esa época dorada dejó pequeños símbolos cotidianos. Uno de ellos es la vasera: al principio se hacía con esparto y mimbre, y hoy se conserva sobre todo en mimbre. Servía para llevar el agua de la Capuchina a casa. La escena era habitual: salir de la fuente con la vasera y compartir el agua en familia. Con el tiempo, la vasera se convirtió en una imagen reconocible de Lanjarón, especialmente desde la década de los cincuenta.
La visita continúa en la Sala 2, donde el agua aparece como parte del día a día: las acequias que la reparten, la historia de la envasadora y la artesanía que creció alrededor de este lugar.
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